Pentecostés
Pentecostés deriva de la expresión griega, pentecoste, que significaba “quincuagésimo”, debido a lo cual en el cristianismo, comenzó a utilizarse para denominar la fiesta que se observa el séptimo domingo (día quincuagésimo) después de Pascua.
La fiesta y tiempo de Pentecostés fue establecida por la Iglesia para honrar de modo especial al Espíritu Santo, conmemorando «que descendió visiblemente sobre los Apóstoles, todavía desciende actual y verdaderamente sobre nosotros, no sólo con el mismo esplendor y con los mismos prodigios, sino con los mismos efectos de conversión y santificación».
Es el tiempo en que hemos de pedir al Señor nos conceda las gracias y dones de sabiduría, entendimiento, consejo, ciencia, fortaleza, piedad y temor de Dios, del mismo modo que se implora en la Novena al Espíritu Santo.
En la Iglesia primitiva era una época de administración del sacramento del bautismo; para esta fiesta, se preparaban los fieles con diligencia, recordando la asidua y diligente preparación del Colegio apostólico con la Santísima Virgen María para recibir al Espíritu Santo mientras celebraban la antigua festividad judía del Shavuot (Solemnidad de las Semanas al pasar siete después de la Pascua). Los cristianos empezaron a celebrar ésta porque en ella, el domingo descendió el Espíritu Santo sobre los Apóstoles, y se promulgo la Ley Evangélica, y se fundó como quien dice la Iglesia Católica.
Así se cuenta en las Sagradas Escrituras:
«Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu les sugería. Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno les oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos preguntaban: ¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia, que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.» (Hch. 2, 1-11).
El nuevo Catecismo de la Iglesia Católica nos dice:
«El día de Pentecostés, por la efusión del Espíritu Santo, la Iglesia se manifiesta al mundo (cf SC 6; LG 2). El don del Espíritu inaugura un tiempo nuevo en la “dispensación del misterio”: el tiempo de la Iglesia, durante el cual Cristo manifiesta, hace presente y comunica su obra de salvación mediante la Liturgia de su Iglesia, “hasta que él venga” (1 Co 11, 26). Durante este tiempo de la Iglesia, Cristo vive y actúa en su Iglesia y con ella ya de una manera nueva, la propia de este tiempo nuevo. Actúa por los sacramentos; esto es lo que la Tradición común de Oriente y Occidente llama “la Economía sacramental”: ésta consiste en la comunicación (o “dispensación”) de los frutos del misterio pascual de Cristo en la celebración de la liturgia “sacramental” de la Iglesia. » (1076).
Juan Gabriel Pérez Martín.
Vicehermano Mayor.
Cofradía del Desenclavo del Señor


