Secciones

Noticias / Formación

Galería

Enlaces

El capuz del penitente español.

Foto de noticia“Humíllate a Dios, y espera de su mano” Eclesiástico 13, 9.
“Porque todo aquel que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” Lucas 18, 14




El Tribunal de la Inquisición se funda en España en 1478, con aprobación del Santo Padre y a propuesta de los Reyes Católicos. En ese tiempo comienza a gestarse el concepto de cofradía penitencial de Semana Santa española, tal y como ha acabado por consolidarse en la historia. A causa de su mejor preparación teológica y su rechazo de las ambiciones mundanas, el cargo de inquisidor fue confiado casi en exclusiva a dominicos y franciscanos. La Orden Franciscana es la introductora en todo el orbe cristiano de la representación escénica y la celebración en culto público de los principales misterios de la vida de Cristo y la fundadora en España de las primeras cofradías penitenciales de Semana Santa. A partir del Renacimiento empieza a extenderse por todas las ciudades y pueblos españoles la costumbre de incorporar al hábito de los penitentes una nueva prenda: el capuz. Este ropaje, que hoy en día visten todos los penitentes españoles sobre la cabeza tapando el rostro, procede de las cofradías promovidas por los franciscanos en la misma época que se creaba el Tribunal de la Inquisición. Por aquel entonces, a los infractores arrepentidos y reconciliados, el tribunal les imponía como pena la obligación de usar sobre los hombros durante un determinado tiempo, un deshonroso distintivo consistente en un capotillo o escapulario de tela que llegaba hasta la cintura conocido como sambenito, además de un cucurucho colocado a modo de humillante casco. La combinación de ambas prendas con el añadido de la faz cubierta, preservando de este modo la intimidad del acto penitencial ante el Creador, origina el capuz del penitente español.
El motivo de su utilización por todos los penitentes fue y es, añadir al sentir expiatorio de los rigores, mortificaciones y disciplinas penitenciales ejecutadas en las procesiones de Semana Santa, un gesto de humillación personal ofrecido voluntariamente a Dios para incrementar su pena a imitación de Jesús el Salvador, que siendo Hijo de Dios, libremente se deja humillar en la Pasión antes en morir en la Cruz por la salvación de todos los hombres redimiéndolos del pecado original. El penitente reconoce públicamente que ha pecado y públicamente se confiesa ante todos pecador, y una vez cumplidos los demás requisitos exigidos para una autentica confesión, recibe el perdón de Dios Nuestro Señor, que esperanzadoramente, como profética promesa, jamás rechaza ni al más empecatado de los pecadores.

Juan Gabriel Pérez Martín.

Vicehermano Mayor de la Cofradía del Desenclavo del Señor
y de los Mayores Dolores de María Santísima.


Semana Santa de 2008.